For All Mankind: el miedo no era que pisaran la luna. Era que fabricaran sus propios chips.
“Vinimos en paz por toda la humanidad.”
Esas palabras, grabadas en una placa lunar por los astronautas del Apolo 11, son el alma de For All Mankind: una serie que imagina un mundo donde la carrera espacial nunca terminó, porque la URSS llegó primero. En esa utopía distópica, Estados Unidos no se rinde: se multiplica, se obsesiona, se vuelve más grande, más poderoso, más desesperado. Pero la verdadera ironía no está en el guion de la serie… sino en lo que ha ocurrido fuera de ella.
Porque For All Mankind no era una historia sobre cohetes. Era una metáfora disfrazada de ciencia ficción: el terror más profundo de EE.UU. no era que la URSS conquistara la Luna, sino que alguien —alguien distinto— lograra lo que ellos no podían, y lo hiciera mejor.
Hoy, China no ha enviado un hombre a la Luna. Pero sí ha logrado lo que durante años se dijo imposible: construir las bases para producir chips de última generación con maquinaria EUV, sin ayuda occidental. Y lo hizo —si es que lo hizo, porque aún queda la esperanza de decir que como sociedad decadente precisan de propaganda para mantenerse en pie— a pesar de las sanciones, del bloqueo tecnológico, de los esfuerzos coordinados por detener su avance.
Quién es quién en la guerra silenciosa del silicio
ASML, la empresa holandesa, es el corazón de esta batalla. Es la única en el mundo que fabrica máquinas de fotolitografía EUV, capaces de grabar circuitos más pequeños que un virus. Cada una cuesta más de 150 millones de dólares, requiere 80.000 piezas y tarda un año en armarse. EE. UU. prohíbe su exportación a China al contener componentes y tecnología americana.
Detrás de cada haz de luz EUV está Carl Zeiss, compañía Alemana: fabrica los espejos que reflejan la luz con precisión de nanómetros. También emplean tecnología estadounidense en sus componentes, sin la que ni siquiera Zeiss podría operar. Así que EE.UU. no solo bloquea exportaciones: controla la cadena de suministro desde su raíz.
Y luego está TSMC, en Taiwán: la fábrica que convierte esos diseños en chips reales. Produce los procesadores de Apple, Nvidia y casi todos los dispositivos del mundo moderno. EE.UU. ejerce su influencia sobre TSMC para conseguir que no fabrique chips avanzados en China.
EE.UU. ha impuesto una política de “small yard, high fence”: no bloquea todo, solo lo esencial. El cuello de botella estratégico. La tecnología que hace posible el futuro. Y lo ha hecho con una retórica hipócrita: “Esto es para proteger la democracia”. Como si los chips de TSMC no alimentaran drones estadounidenses, algoritmos de vigilancia masiva y sistemas de guerra autónoma. Como si la libertad no se viera mejor protegida por el acceso universal a tecnología, no por su monopolio.
La verdadera ficción no es la serie… es el discurso
For All Mankind nos enseñó que cuando un imperio se siente amenazado, no construye un futuro mejor… construye una prisión.
EE.UU. se ha convertido en el guardián de la tecnología, no como un custodio de la humanidad… sino como un propietario que teme perder su monopolio. Ha vestido sus intereses económicos con la túnica de la defensa global, ha convertido la ley estadounidense en ley universal y ha usado alianzas internacionales como extensiones de su propia voluntad.
Ahora, mientras los estadounidenses siguen viendo For All Mankind como una historia de superación, los chinos están construyendo su propia serie.